
Casi todos los que nos hemos acercado a Japón en algún momento conocemos, al menos de referencia, el libro de Alex Kerr, "Lost Japan". No creo que haya libros imprescindibles, pero si los hubiese, éste merecería considerarlo entre los candidatos.
según algún diccionario: colección de inscripciones recuperadas en fragmentos de lápidas de época clásica.

Kôbo Abe 公房安部:
“si el hombre tiene un alma ésta debe residir en su piel”
(文明の高さは、皮膚の清潔度 に比例しているという。人間に、
っているにちがいない)
Traducción, como no, de José Mª Cabeza.
Esta cita me resuena, vibrante, por que vincula el espíritu a la sensorialidad, lo que parece diametralmente opuesto a casi cualquier concepto que conozca en las tradiciones occidentales.
Nota:
El autor de la traducción, J.M. Cabeza, tiene la cortesía de ampliar la cita a su texto completo, que aquí reproduzco según su versión:
"la altura de una civilización se mide por el grado de limpieza de su piel, si las personas tienen un alma esta debe sin duda residir en la piel."
Sin duda el texto ampliado tiene resonancias racistas inquietantes. Habrá que leerlo en su contexto para entenderlo mejor.
Este es uno de esos casos en los que el fragmentarismo ofrece lecturas alejadas y quizá opuestas al original.
Mi querido amigo José María Cabeza nos ha regalado este texto del maestro Zhuangzi (o sería más apropiado decir el Maestro Zhuang), traducido por él mismo.
Escrito hace 2.400 años, el fragmento está habitado por el genio de la inmortalidad, que distingue a las obras maestras. Entre otras cosas ilustra sobre el carácter cíclico e irreductible de la naturaleza humana. Léanlo y asómbrense:
"Los antiguos dirigentes creían que el éxito del gobierno residía en el pueblo y el fracaso en ellos mismos. Por lo tanto, con que una sola persona perdiese la vida eran capaces de aceptar su responsabilidad y retirarse. Pero ahora es diferente. Los dirigentes actuales ocultan lo que debe hacerse y desprecian al pueblo llamándole ignorante cuando no les comprende. Infligen dificultades a los ciudadanos y los denuncian cuando no pueden superarlas. Imponen cargas excesivas y castigan a aquellos que se rebelan; fuerzan a los ciudadanos a trabajar hasta la extenuación y si no pueden continuar son eliminados. Cuando la gente ha llegado al límite de su capacidad y de sus fuerzas cae en el engaño. Si los dirigentes recurren a la hipocresía a diario, ¿cómo será que los funcionarios y el pueblo no se han de volver hipócritas?
Cuando la resistencia es insuficiente, la hipocresía aumenta; cuando el conocimiento no es suficiente surge la decepción; cuando escasean los bienes se incrementa el robo. ¿A quién deberíamos entonces culpar por tales actos de asalto y piratería?"
古之君人者,以得为在民,以失为在己;以正为在民,以枉为在已。故一形有失其形者,退而自责。今则不然,匿为物而愚不识,大为难而罪不敢,重为任而罚不胜,远其涂而诛不至。民知力竭,则以伪继之。日出多伪,士民安取不伪。夫力不足则伪,知不足则欺,财不足则盗。盗窃之行,于谁责而可乎
Nada es como uno espera (nada es como yo esperaba). Lo que obliga a recomponer la estructura del mito, que es algo más complejo que fabricarlo nuevo, porque el nuevo intento de comprensión lucha siempre con la precedencia. Ese mito previo se construye sobre fragmentos recolectados (generalmente triunfan los tópicos más repetidos, sean verbales o gráficos) y ensoñaciones personales que le dan estructura.
La imagen que se exporta de Benarés está extremadamente descompensada por la escasa presencia de suciedad extrema. Integrarla en el proceso de reconstrucción es difícil, sin destruir todo lo demás.
Probablemente el nivel de degradación generalizada tenga muchos factores. La aculturación que respecto a sus raíces supone el mundo contemporáneo debe de ser uno, con seguridad. El desconocimiento de los parámetros en los que se construye ese nuevo mundo y lo que se espera de él. También la desestructuración del sistema de jatis[1], que deja a mucha gente sin función y a muchas funciones sin actor que las cumpla. Por otro lado, Benarés es una ciudad que ha reventado por las costuras. La avalancha de peregrinos y de turistas de diversa especie, así como probablemente de inmigración de aluvión, persiguiendo los supuestos réditos de ese turismo, la ha saturado y disfuncionalizado.
El resultado, insisto, es un grado inusitado de decrepitud, descuido y cualquier tipo de suciedad que el hombre pueda producir. La suma de estos tres factores es sobrecogedora, destructiva, paralizante. Por primera vez, no bromeo, al ver una rata por la calle he sentido una instintiva sensación de asco y pena por la pobre rata, que tenía que deambular por un sitio tan sucio.
Y dicho esto, la grandiosidad del espectáculo humano tiene lugar en Benarés. “Grandioso” aquí no es positivo, es dimensional. El vértigo mostrenco de cada sentimiento, sublime o mísero, de cada acción, de cada intención y sus opuestos simultáneos se verifican en esta ciudad. La muchas veces santa y milenaria acoge el teatro del mundo en toda su amplitud y matices. Esta densidad, que se sostiene sobre la compleja y vieja alma india e hindú, es un espectáculo casi tan impresionante como la mierda. Desde la más perfecta mística hasta el más abyecto tráfico infantil conviven aquí. Y casi todo se puede contemplar simultáneamente en uno de los mayores escenarios construidos por el hombre: los ghats que bajan hasta la Gran Madre Ganga. Quintaesencia de la ciudad, su razón de ser, mundo paradójicamente axial y periférico[2], la línea de más de cincuenta ghats urbanos es el ágora y el espacio multifuncional de la ciudad, fachada y trasera, plaza y mercado, el mayor de los templos y de los vertederos que imaginarse pueda. Con ironía blasfema ( si tal cosa existiese en el hinduismo) deberán nombrarse al Ganges, en cuanto diosa que es, patrona de la jati “dalit”, la de los basureros, pues es diosa y cloaca.
De todas las funciones pocas sobrecogen como la del crematorio ritual. Hay dos ghats dedicados a este fin (pero entre otros, nada aquí es unívoco). El más propicio y mayor para el trance final es el más céntrico, que se encuentra más al norte. El Ghat de Manikarnika es la antesala del infierno. Dantesco es aquí un adjetivo riguroso. La ciudad parece crecer en altura y se cierra formando un hemiciclo terrible para asistir al fuego y tiznarse con la ceniza de los muertos. Hogueras fúnebres (varias), vacas hurgando en montañas de basura, pilas de leña como edificios, barcazas, chiringuitos, humo, familias miserables o que lo parecen, templos decrépitos, turistas, curiosos, leprosos y pedigüeños de cualquier ralea, los sadhus más enloquecidos, más vacas, ríos de mierda, tiendas de exvotos y de cualquier complemento necesario para la cremación, que en India son muchos, vendedores de chai que ya no lo protegen de la ceniza,
perros sarnosos peleándose, barcas de curiosos acercándose con un aspirante a guía fingiendo respeto a voces desde la orilla, cortejos fúnebre bañando a un muerto, cuervos rebuscando, monos robando, sacerdotes miserables engañando a un turista, brahmanes descastados realizando pujas entre excrementos, mujeres aburridas tras las tapias de los altares, vaharadas de orín, chapiteles negros de humo, caras sin alma.
En Manikarnika, Ganga ha dejado de ser amable y maternal, es ya sólo un sumidero, santo pero sumidero. De espaldas al resto de la orilla (no es casual), encerrado en sí mismo, este ghat abre la faz terrible de la naturaleza que nos absorbe. Una promesa, cuyo supersticioso origen olvidaron, hace creer a los hindúes que este lugar, esta muerte, este fuego y no otro, los liberará del samsara, pero ¿a dónde conduce esta puerta? ¿de dónde nace esta superstición tan alejada de las Upanishads? ¿Que alimenta esta cara terrible de la tradición bhatkica menor?
Este foco negro pero sin duda trascendente queda vibrando en nuestra conciencia, ofreciendo quizá una oscura clave que permitirá empezar a construir la respuesta que explique la incomprensible y poliédrica naturaleza de Benarés.
[1] Las jatis son una de las dos formas de estructuración social (la otra, de mayor rango, son las varnas) que en occidente, de forma genérica y con grandes dosis de incomprensión, denominamos “castas”, utilizando este término portugués con el que empezó a emborronarse esta compleja realidad desde las primeras colonias comerciales. Las jatis podrían, con matices, asimilarse a los gremios de la Europa medieval, aunque tienen un componente espiritual y kármico importante.
[2] Cabría estudiar urbanísticamente si acaso un motivo no menor de la disfuncionalidad de Benarés podría radicar en que su polo cordial es lineal (el rio) y absolutamente periférico, ya que la ribera urbana es la frontera con el puro campo. La ciudad histórica y por homotecia la moderna, tiene forma de empanadilla y su borde interior es el Ganges, que solo una fortaleza medieval se atrevió a cruzar para instalarse, como cabeza de puente, en la otra ribera.
no es una duda muy práctica, lo sé, pero me acompaña desde la infancia, lo que probablemente da una idea de que ya debía ser un niño bastante rarito.
p.s.1. los daltónicos confunden colores, por lo general los rojos y verdes son algo entre un marrón y un morado que no pueden distinguir, no es que vean colores distintos, porque si los distinguiesen entre sí, por el principio anterior, sabrían lo que es verde y rojo y nadie podría decir que son daltónicos.
p.s.2. en japonés no existe el color verde. todo es azul. los árboles y la hierba en japón son azules. tonos de azul distinto, obviamente, al del cielo, como aquí distinguimos el azul del cielo y el del mar. este hecho me ha inquietado ligeramente desde que lo conozco.


Me siento, en la terraza del jardín del Ha An, el hotel en Hoi An, arropado, mimado por una marea de esfuerzo humano. Una mujer lleva dos días en cuclillas cortando el césped con unas enormes tijeras de podar y un gorro cónico por toda ayuda (lo de las cuclillas merece un comentario aparte, pero es una postura inverosímil en la que sólo un indochino anoréxico puede considerar comodísima, hasta el punto de quedarse dormido… me pregunto si les pareceremos rarísimos sentados y con las piernas cruzadas). Un ejército de apenas niñas se afana concienzuda y parsimoniosamente en mantener todo perfecto, como si el tiempo no existiese ni, por supuesto, su ordinario concepto asociado de ‘productividad’. Por otro lado, su aspecto impoluto, su impecable vestimenta, la seria dignidad, incluso gallardía con la que se aplican a sus tareas, dan una imagen que, muy lejos de la explotación ni nada parecido, transmite naturalidad en el trabajo como la forma correcta de pasar el tiempo. Y es que parece que para los viet la vida es el trabajo, hay una identificación natural entre ambos, que sólo deja fuera (esa es la percepción) parcelas no pequeñas para dormir la siesta, comer a todas horas, de todo y en cualquier lado, y, supongo, dedicarse a sus afectos. Como recuerda nuestro guía en el sur, Thanh, el trabajo para el vietnamita es algo ligado al negocio, a buscarse la vida, es un autónomo por naturaleza y el salario no es su forma espontánea de comprenderlo. Por esto el comunismo en Vietnam, antes que en ningún otro sitio, aceptó el libre mercado como condición para subsistir; y por eso también, probablemente, Vietnam es el más próspero y creciente país de los que aún soportan un régimen comunista.



No hay discusión sobre la belleza natural del sitio. Bastantes dudas sobre la explotación turística que padece y que la ha convertido en un parque de atracciones de sí misma. Abarrotada de barcazas convertidas en “hotelitos con encanto” flotantes que la recorren en algo que empieza a parecerse a los atascos de Hanoi. Los barcos están patéticamente travestidos de sampanes, con unas ridículas velitas que pretenden recordar las naves originales. Lo más triste sn su uso actual: los barcos navegan a motor con las velas recogidas, pero cuando atracan en algún punto de concentración especialmente concurrido, las despliegan con el nombre de la compañía de cruceros, con lo que han quedado convertidas en cartelones publicitarios.
Vietnamita perfectamente protegida para ir en bici o en moto y que no le de el sol por ningún sitio, con sombrero y mascara de tela. Faltan en el retrato los guantes de seda por encima del codo. Estas señoras, civilizadamente, consideran una ordinariez estar moreno (cosa de campesinos). Y como con su raza y la radiación solar reinante es muy difícil no estarlo, se protegen por todos los medios. (Además lo aconseja la contaminación del tráfico de las ciudades vietnamitas).

En otra dimensión recuerda la reducida altura que Barragán dio a la puerta de su propia casa (midiendo él más de 1.90 m). En el propio ámbito oriental, es el mismo gesto que mas modestamente se busca con la elevación del umbral de las puertas de los templos o pagodas. La propia carpintería que constituye el cerramiento se eleva mas allá de lo necesario, bajo las hojas de las puertas, obligando a elevar la pierna sensiblemente para traspasar el umbral. El resultado es que, intuitivamente, entrar no es un acto inconsciente, sino que responda a una voluntad que supera la cohibición inicial.