
Casi todos los que nos hemos acercado a Japón en algún momento conocemos, al menos de referencia, el libro de Alex Kerr, "Lost Japan". No creo que haya libros imprescindibles, pero si los hubiese, éste merecería considerarlo entre los candidatos.
según algún diccionario: colección de inscripciones recuperadas en fragmentos de lápidas de época clásica.


El tráfico en India es una revelación con consecuencias multidimensionales.
Nuestro sistema de pensamiento racional admite una relación causa-efecto con incrementos lineales o exponenciales. Basados en esta creencia se emiten normas y penalizan las infracciones, convencidos de que a mayor número de restricciones la seguridad será mayor y que, a menor número de infracciones a las normas de seguridad, el número de accidentes y de víctimas consecuentes disminuirá.
Este es nuestro acuerdo y nuestro contrato social al respecto.
Si fuese cierto, aplicando la lógica lineal (o peor, exponencial, según nos amenazan) de infracciones->riesgo->accidentes->víctimas, las calles de las ciudades indias estarían sembradas de cadáveres, víctimas de accidentes de tráfico; pasearíamos por cualquier calle de Delhi entre el ruido metálico de los choques y el gemido de los moribundos. Y sin embargo no es así. Desconozco las estadísticas, pero desde luego, sea mayor o menor el número de incidentes que sufren, no alcanza a constituir la hecatombe que sería consecuente con nuestra lógica.
¿Cuál es la explicación? La precisa y completa excede con mucho a mis conocimientos, pero ensayaré el boceto de una.
La única posibilidad no sobrenatural que vislumbro es que el tráfico constituya un sistema de flujos interrelacionados, sistema que puede responder a más de una estructura y que, dentro de cada estructura, presenta una lógica distinta, con leyes de funcionamiento, pero también de variabilidad, que difieren entre sí. Por lo tanto, no se puede predecir el comportamiento ni las variaciones de funcionamiento que se registrarán al introducir una modificación, aplicando las leyes de una estructura a otra.
El tráfico en India es inverosímil para los esquemas occidentales. Los niveles de “autonomía” en las decisiones de cada conductor, sin aparente sujeción a ninguna regla, rozan el absoluto. Es la selva casi perfecta. Un policía de tráfico aparece ocasionalmente con una larga porra de bambú, pero solo introduce más caos, con lo que la imagen que transmite es de castigo arbitrario de un dios cruel, y no de orden. Hay un lenguaje sonoro muy intenso. Todo el mundo usa su bocina continuamente, con el fin aparente de crear una burbuja acústica que anuncie su trayectoria a quien no lo vea. El resultado atronador parece no molestar a nadie e incluso funcionar. Pitando uno puede elegir cualquier camino, carril o dirección, abalanzándose contra peatones o bicicletas en sentido contrario. El adelantamiento selvático no respeta más límite que el del espacio geométrico que permite el paso, y aún éste se somete a especulaciones en el límite (acaso las primeras teorías cuánticas se urdieron en medio de un atasco en Kolkata).
El pandemónium resultante dista de ser comprensible de forma sencilla por un occidental, que por lo general reacciona con una mezcla de pánico y resignación.
Pero lo cierto es que, mal que bien, el tráfico funciona, con resultados de tragedia que no deben de ser tan distintos de los nuestros, al menos no proporcionalmente.
Hay que pensar que la estructura relacional es distinta, como sus normas intrínsecas. Esa estructura es coherente y autoequilibrada por elementos diversos que no voy a intentar analizar. Pero está claro que su interacción consigue un cierto tipo de balance no tan distinto al de otros sistemas.
Lo importante es que todos los participantes en el sistema se integran con pautas compatibles. A borde de un auto-rick en el caos (¿pero hay un cosmos alternativo?) de una avenida de Varanasi se me ocurrió pensar que si en ese momento se soltasen veinte daneses en moto en esa avenida, sobrevendría una masacre; el resultado en accidentes y bloqueo se me antoja incalculable. Ni peor ni mejor que si en el ordenado tráfico de una avenida de Franckfurt se sueltan veinte tuc-tucs de Delhi.
Jhansi. Enero 11
Nada es como uno espera (nada es como yo esperaba). Lo que obliga a recomponer la estructura del mito, que es algo más complejo que fabricarlo nuevo, porque el nuevo intento de comprensión lucha siempre con la precedencia. Ese mito previo se construye sobre fragmentos recolectados (generalmente triunfan los tópicos más repetidos, sean verbales o gráficos) y ensoñaciones personales que le dan estructura.
La imagen que se exporta de Benarés está extremadamente descompensada por la escasa presencia de suciedad extrema. Integrarla en el proceso de reconstrucción es difícil, sin destruir todo lo demás.
Probablemente el nivel de degradación generalizada tenga muchos factores. La aculturación que respecto a sus raíces supone el mundo contemporáneo debe de ser uno, con seguridad. El desconocimiento de los parámetros en los que se construye ese nuevo mundo y lo que se espera de él. También la desestructuración del sistema de jatis[1], que deja a mucha gente sin función y a muchas funciones sin actor que las cumpla. Por otro lado, Benarés es una ciudad que ha reventado por las costuras. La avalancha de peregrinos y de turistas de diversa especie, así como probablemente de inmigración de aluvión, persiguiendo los supuestos réditos de ese turismo, la ha saturado y disfuncionalizado.
El resultado, insisto, es un grado inusitado de decrepitud, descuido y cualquier tipo de suciedad que el hombre pueda producir. La suma de estos tres factores es sobrecogedora, destructiva, paralizante. Por primera vez, no bromeo, al ver una rata por la calle he sentido una instintiva sensación de asco y pena por la pobre rata, que tenía que deambular por un sitio tan sucio.
Y dicho esto, la grandiosidad del espectáculo humano tiene lugar en Benarés. “Grandioso” aquí no es positivo, es dimensional. El vértigo mostrenco de cada sentimiento, sublime o mísero, de cada acción, de cada intención y sus opuestos simultáneos se verifican en esta ciudad. La muchas veces santa y milenaria acoge el teatro del mundo en toda su amplitud y matices. Esta densidad, que se sostiene sobre la compleja y vieja alma india e hindú, es un espectáculo casi tan impresionante como la mierda. Desde la más perfecta mística hasta el más abyecto tráfico infantil conviven aquí. Y casi todo se puede contemplar simultáneamente en uno de los mayores escenarios construidos por el hombre: los ghats que bajan hasta la Gran Madre Ganga. Quintaesencia de la ciudad, su razón de ser, mundo paradójicamente axial y periférico[2], la línea de más de cincuenta ghats urbanos es el ágora y el espacio multifuncional de la ciudad, fachada y trasera, plaza y mercado, el mayor de los templos y de los vertederos que imaginarse pueda. Con ironía blasfema ( si tal cosa existiese en el hinduismo) deberán nombrarse al Ganges, en cuanto diosa que es, patrona de la jati “dalit”, la de los basureros, pues es diosa y cloaca.
De todas las funciones pocas sobrecogen como la del crematorio ritual. Hay dos ghats dedicados a este fin (pero entre otros, nada aquí es unívoco). El más propicio y mayor para el trance final es el más céntrico, que se encuentra más al norte. El Ghat de Manikarnika es la antesala del infierno. Dantesco es aquí un adjetivo riguroso. La ciudad parece crecer en altura y se cierra formando un hemiciclo terrible para asistir al fuego y tiznarse con la ceniza de los muertos. Hogueras fúnebres (varias), vacas hurgando en montañas de basura, pilas de leña como edificios, barcazas, chiringuitos, humo, familias miserables o que lo parecen, templos decrépitos, turistas, curiosos, leprosos y pedigüeños de cualquier ralea, los sadhus más enloquecidos, más vacas, ríos de mierda, tiendas de exvotos y de cualquier complemento necesario para la cremación, que en India son muchos, vendedores de chai que ya no lo protegen de la ceniza,
perros sarnosos peleándose, barcas de curiosos acercándose con un aspirante a guía fingiendo respeto a voces desde la orilla, cortejos fúnebre bañando a un muerto, cuervos rebuscando, monos robando, sacerdotes miserables engañando a un turista, brahmanes descastados realizando pujas entre excrementos, mujeres aburridas tras las tapias de los altares, vaharadas de orín, chapiteles negros de humo, caras sin alma.
En Manikarnika, Ganga ha dejado de ser amable y maternal, es ya sólo un sumidero, santo pero sumidero. De espaldas al resto de la orilla (no es casual), encerrado en sí mismo, este ghat abre la faz terrible de la naturaleza que nos absorbe. Una promesa, cuyo supersticioso origen olvidaron, hace creer a los hindúes que este lugar, esta muerte, este fuego y no otro, los liberará del samsara, pero ¿a dónde conduce esta puerta? ¿de dónde nace esta superstición tan alejada de las Upanishads? ¿Que alimenta esta cara terrible de la tradición bhatkica menor?
Este foco negro pero sin duda trascendente queda vibrando en nuestra conciencia, ofreciendo quizá una oscura clave que permitirá empezar a construir la respuesta que explique la incomprensible y poliédrica naturaleza de Benarés.
[1] Las jatis son una de las dos formas de estructuración social (la otra, de mayor rango, son las varnas) que en occidente, de forma genérica y con grandes dosis de incomprensión, denominamos “castas”, utilizando este término portugués con el que empezó a emborronarse esta compleja realidad desde las primeras colonias comerciales. Las jatis podrían, con matices, asimilarse a los gremios de la Europa medieval, aunque tienen un componente espiritual y kármico importante.
[2] Cabría estudiar urbanísticamente si acaso un motivo no menor de la disfuncionalidad de Benarés podría radicar en que su polo cordial es lineal (el rio) y absolutamente periférico, ya que la ribera urbana es la frontera con el puro campo. La ciudad histórica y por homotecia la moderna, tiene forma de empanadilla y su borde interior es el Ganges, que solo una fortaleza medieval se atrevió a cruzar para instalarse, como cabeza de puente, en la otra ribera.

Al menos dos fuentes en MRRKCH, que yo conozca, siguen el esquema tipológico del boceto: La fuente se encuentra bajo un arco y tejaroz, llenando una pila de dimensiones considerables y con un espacio vestibular; alineada a un lado, una loggia de tres vanos, detrás de arcos pesados, conformando una especie de mercado específico, quizás dedicado a un fin relacionado con la presencia de agua. Habría que investigar. Las dos que conozco están junto a sendas mezquitas. La más famosa es la Fuente Mouassine, quizá la más importante de la ciudad. La otra, en la Arset Aouzal, junto a la mezquita Bab Dukkala.
PALACIO EL BAHIA.
Tiene la peculiaridad de tratarse ya de un claro ejercicio de historicismo, comenzando en la 2ª mitad del s. XIX. A esto hay que hacerle dos observaciones: 1º es curioso el historicismo en sus propias claves, sin pasar por los filtros mudéjares a los que estamos acostumbrados o a los de cualquier otra lectura “orientalizante” europea. 2º ¿podemos hablar propiamente de historicismo con la carga semántica que cobra en Europa o es que sencillamente estos señores seguían haciendo la arquitectura que les parecía apropiada al uso en cuestión, introduciendo las variaciones que creyeron oportunas, pero sin sombra de conciencia “revival” sencillamente
porque nunca habían dejado de hacer lo mismo? Tiendo a sospechar algo así, aunque me falta documentarlo, pero tengo la impresión de que estamos de nuevo ante una categoría eurocéntrica, que no es universalizable.
Los elementos más claramente exógenos son las carpinterías de cristal en grandes ventanales, dando de las alcobas a los patios, o los lucernarios en los salones, si bien perforados con la prudencia de cubrirlos con linternas. Al menos ciertas cosas tienen aspecto de deberse a la intervención francesa de 1912.
Sin embargo, gran número de intervenciones son innegablemente genuinas, poniendo de manifiesto su origen e integración en el medio cultural de manera natural (sobre todo en la tipología) sin interpretaciones foráneas.
Estoy pasando una de las mejores vacaciones que recuerdo. Sólo con mi mujer y sustancialmente encerrados en una casa con jardín. El sitio no es indiferente a la calidad del tiempo del que disfrutamos. Pero descrito simplemente no explicaría su virtud.
La casa es la rehabilitación y ampliación de lo que seguramente sería un antiguo puesto ferroviario. Pegada al trazado de una antigua vía, hoy convertida en una espontánea “vía verde” y a la explanada que ocupó una ya inexistente estación de ferrocarril. Se encuentra en una ladera con escasa construcción, a las afueras de Privas, en la comarca francesa de Ardèche. Cuenta con una parcela mediana, no más de 600 m2, convertida en un jardín. Dicho así no parece nada especial y, desde luego, las condiciones de partida no lo son, cualquiera de las casas que se ven en el entorno parece tan agradable como vulgar. ¿Qué la hace especial?
La casa en sí es acertada. Lleva a cabo un buen criterio de ampliación: la casa antigua le da carácter y la zona ampliada (una construcción en madera contemporánea y correcta) le da especialidad y amplitud. El resultado es cómodo, vividero y acogedor, luminoso y rico en espacios distintos.
Pero la auténtica clave está en el jardín y la relación de la parcela con el espacio circundante. Es un jardín cerrado. Se ha renunciado intencionadamente a las vistas, a la relación con el exterior y se ha construido un paraíso interior, el yenat de los musulmanes, el hortus conclusus occidental, lo que siempre han intentado lograr los grandes jardines. Hay gran cantidad de vegetación frondosísima, sabia y bellamente dispuesta, en aparente desorden silvestre, hay relieve, hay agua y su sonido, hay color, sombra, una enorme jaula que permite un pequeño corral con gallo que nos recuerda la ficción del tiempo y alguna otra fauna que da compañía (tres gatos, un periquito y un loro hablador, aunque en francés); la casa, pegada a una medianera de la parcela trapezoidal, ordena el espacio libre en tres jardines que crean zonas de estar claramente diferenciadas y que transmiten sensaciones distintas.
La vegetación logra agotar la mirada en su límite, constituir el único paisaje de la casa. Paisaje privado, planificado, cuidado en todos sus detalles. Su apariencia silvestre evita el cansancio que produce la limitada belleza que es capaz de conferir el orden humano. El resultado es un entorno virtualmente infinito y desconocido, en el que basta no pretender penetrar para que mantenga su virtud.
Todo ello transfiere una sensación de paz, de acogimiento, de haber llegado, que ha transformado nuestros planes de vacaciones en una sucesión de momentos atemporales dedicados a leer, dormir, tomar el té como se debe, reposar la mirada sin objetivo en cualquier rincón, escuchar la lluvia (que en un paraíso particular es tu propia lluvia), disfrutar de esta intimidad o decidir en qué bodega comprar vino y con qué queso tomárselo.
En estas casas que uno habita temporalmente y de forma un poco aleatoria, fruto del intercambio, se descubren virtudes inesperadas de sitios que no hubiésemos buscado intencionadamente. Es una lección de vida y de arquitectura aprender con la experiencia cómo te cambia la actitud y hasta los planes un lugar que te llena, aunque si le lo hubiesen descrito detalladamente nunca lo hubieses elegido como lugar de vacaciones.
El contenido de la casa merecerá otra reseña.
Picos de Europa. Junio 09
Sotres es un aglomerado de casas en una solana, sobre una encrucijada de valles impresionante. Solo un pequeño grupo de casas más recientes, y por ello ignorantes, coloniza la umbría que forma un collado frente caserío principal. Una carretera de montaña casi termina en el pueblo. Digo casi porque en realidad sube a las brañas y prosigue hasta Tresviso en Cantabria. Pero esta posibilidad de comunicación entre las dos provincias es tan peregrina que en realidad apenas hay conexión y el efecto es de fondo de saco. Pues en torno a esa carretera, que se convierte en calle y después en plaza, la plaza, se aglutina la hostelería local y las tienducas, perdón tiendinas, destinadas al turismo fundamentalmente. Porque Sotres, pueblo de ganaderos modestos, de vaqueros de montaña que no alcanzará las doscientas casas, debe a su belleza, o mejor a la de su ubicación, un cierto auge turístico, contando con el senderismo y la gastronomía como principales soportes.

Rodeada de picos (de Europa, precisamente) que aún en junio conserva un porcentaje alto de neveros, por su altura presentan su roca desnuda y escasa vegetación. Las manchas de praderas altas, como llanuras lunares, va dejando aparecer robles solitarios, que descendiendo forman guirnaldas en las laderas, hasta cuajar en robledales hacia algún valle o escorrentía.
Aquí el silencio de la naturaleza es real. Ese mito que he añorado en parajes más vitales y gárrulos, en la montaña se hace silbo del viento entre cañones y algún trino tímido, acatarrado. O nada. Si el pájaro calla solo nos queda el ruido del fuego en la chimenea. Ocasionalmente, la lluvia. Creo que no cabe colección más bella de sonidos.
Los Picos de Europa presentan un panorama con frecuencia sobrecogedor. La combinación de macizos rocosos, praderas y bosques se conjuga en innumerables sintagmas, consiguiendo saturar la capacidad de belleza del espectador. La intervención humana (un sendero, un conjunto de refugios de vaqueros) y el moteado del ganado en las laderas no hacen sino subrayar la perfección del cuadro.
La Senda del Cares discurre a través de la garganta que forma el río del mismo nombre. Cogiéndola desde el Norte comienza en Poncebos, Asturias; el recorrido más espectacular discurre hasta Caín, ya en la provincia de León, a 13 Km. de distancia. La comunicación rodada implica semejante desvío que es mejor plantearse la ida y vuelta a pie. El mayor esfuerzo, un desnivel de más de 300 m en 2,5 km de desarrollo, se encuentra en el comienzo por Asturias y no corresponde a una zona especialmente bella (aunque todo el recorrido lo es) así que, salvo que se quiera realizar un buen ejercicio aeróbico, lo más rentable es comenzar por Caín y cuando se está iniciando el ascenso a los collados ( a unos 10 km) darse la vuelta. En el recorrido no hay posibilidad de avituallamiento ni refugio, si exceptuamos algunos de los numerosos túneles. No hay tampoco ni una fuente, aunque las escorrentías de agua de la cumbre son frecuentes y sin contaminación aparente (no hay pasto ni ganado hasta la cima). Lo peor del recorrido es el firme, sobre todo en las pendientes, que requiere una buena suela y tobillos firmes; lo mejor, claro, la vista, ininterrumpidamente bella, sorprendente, grandiosa, que han convertido a este sendero en una de las rutas más populares entre senderistas, paseantes, jubilados y turistas en general ( los más avisados y menos deportistas evitan el ascenso astur), lo que constituye la segunda precaución que hay que tomar: no ir nunca en periodo de vacaciones o en fin de semana, si no se quiere practicar senderismo en filia india; porque incluso fuera de esas fechas, si el tiempo acompaña, el camino estará transitado.
CUBA tiene esa rara cualidad de los sitios especiales, y es que uno desea sentirse en ella. Sin más, ni menos, sin hacer o ver nada especial, solo saberse en el lugar. Es la cualidad de los lugares míticos, aunque no sabría decir si el deseo, la sensación, son producto de la mítica local o es por el contrario la propia cualidad mítica la que deriva de la naturaleza del lugar, capaz de generar esa mitología por quién sabe que conjunto de propiedades acumuladas.
Si esto fuese así, nuestro deseo no hace sino alimentar, reproducir, vivir el sueño.
Sin embargo, el reencuentro con la Habana ha sido vagamente melancólico. La sensación de que algo inaprensible se ha perdido, algo que pertenece a lo inmaterial, casi lo inefable. Con esta introducción parece que va a ser difícil definirlo sin contradecirme, pero puedo intentar aproximaciones.
La Habana revisitada (aquí el anglicismo tiene un matiz apropiado) se muestra cada vez más como el parque de atracciones de sí misma que hace cinco años anuncié. Concentrada desde luego en Habana vieja, pero extendiéndose a otras zonas como El Malecón. El mecanismo destinado al turista y a su explotación es cada vez mas feroz, extenso y evidente, con un resultado agotador, cansino.
Sigue conmoviendo la Habana de los habaneros, los solares depauperados, míseros, la partida de pelota en la calle, la conversación de los bicitaxis indolentes… Pero el negocio de don Eusebio, al grito de “a por ellos” aburre hasta al visitante mejor dispuesto a leer entre líneas.
No sé si fue antes el huevo o la gallina, creo que más bien se ha dado una coincidencia redundante entre la necesidad, el natural pícaro de los aborígenes y la palmaria creación del mencionado parque temático, constituido en cancha oficial del jinetero rampante (una de las principales atracciones del parque). Recuerdo que, pese a su acepción más extendida y comprendida en occidente, jinetero en La Habana es todo aquel que se busca la vida, el que “resuelve” al margen de los cauces convencionales y, por lo general, aprovechándose de la fortuna e inocencia de algún extranjero. Y habrá que aclarar ahora el significado de “resolver” en Cuba, el verbo que preside la subsistencia del cubano. Resolver aquí es también buscarse la vida, pero en un sentido más amplio; digamos que jinetear es una forma de resolver, aunque hay otras más convencionales como el intercambio, los favores o el trapicheo de toda índole.
El resultado ante el reencuentro con ese panorama ha sido un cierto desapego, una leve pérdida de capacidad magnética de La Habana, una forma del hastío que no promete nuevas visitas inminentes. Es algo así como la sensación de reencontrarse con una vieja amante, en la que uno reconoce todas sus virtudes pero no es capaz de precisar qué fue lo que lo atrajo fatalmente en aquella ocasión.
La decadencia de Habana Vieja no debe ser cosa de los últimos 50 años aunque está claro que el castrismo, hasta la llegada de Eusebio Leal, ha sido la puya que la ha rematado. Vedado y Miramar, con sus respectivas épocas de pujanza, son testimonio del abandono de las mansiones de Habana Vieja en favor de los nuevos barrios. La falta de servicios públicos y salubridad debieron ser los principales motores de la diáspora, que constituyó la primera causa de abandono. En aquel entonces nacería el “solar” habanero, este corral de vecinos abusivo y mísero que fragmenta una casa precedente y, con frecuencia, señorial. ¿Quizás comenzó siendo un negocio de los propietarios originales, que dividieron y arrendaron la casa que abandonaban? Sobre esta teoría se me plantea una duda, debida a la pujanza que entorno a la Calle Obispo muestran sedes bancarias de principio del S. XX. Parece que el poder económico siguió prefiriendo esta zona… Puede que muy circunscritos al eje que unía la Plaza de Armas y Catedral con el Parque Central, porque mantenía su carácter de nexo, creando una espina dorsal de poder y representatividad en medio del cuerpo moribundo de la ciudad histórica.
Tengo mencionado en un par de ocasiones a don Eusebio Leal Spengler, para quien no lo sepa, el Historiador de la Habana. Este cargo de resonancias decimonónicas no es el de un señor erudito que fatiga bibliotecas para recopilar la historia de la ciudad, aunque lo pareciera. No, se trata en el origen hispano del archivero municipal, devenido hoy en el conservador de todo el patrimonio de la ciudad. Dicho así tampoco se hace uno una idea aproximada de la envergadura del cargo que este señor ha recabado para sí. Y digo recabado porque sus funciones actuales han sido paulatinamente absorbidas por la Oficina del Historiador de la Habana, quizá ante la dejadez de otros. Digámoslo ya, para muchos cubanos Eusebio Leal es el hombre más poderoso del país después de los hermanos Castro. Y lo es sencillamente porque maneja más dinero que nadie, incluido el ejército o el Ministerio de la Construcción. Su Oficina sólo despacha con la Presidencia de la República (los Castro) y es la única entidad, además del Banco Central Cubano, claro, autorizada a manejar divisa extranjera dentro y fuera del país, comportarse como una empresa capitalista, vamos. Y eso lo logra manejando el mayor negocio de Cuba: el turismo en La Habana.
Para esa misión la Oficina del Historiador ha creado la omnipresente empresa HABAGUANEX. Se trata sólo de una de las empresas que aglutina la Oficina, el conglomerado económico más potente e interesante que está generando el régimen, hasta donde he sido capaz de percibir. La presencia de Habaguanex como única empresa turística en la Habana es muy notable, en Habana Vieja es apabullante, sencillamente se ha convertido en la “marca” del parque temático. Gestiona como propietaria hoteles, restaurante, tiendas…para ser exacto, todos los hoteles, todos los restaurantes, todos los bares, la mayoría de las tiendas… de hecho es gracioso, sobre todo en los restaurantes, como simula la autocompetencia, manteniendo o inventando el estilo, la especialidad, el nivel del local, simulando la variedad de un mercado de libre competencia, cuando en realidad pertenecen a una misma cadena. Es, literalmente el concepto de Parque Temático aplicado a la hostelería.
Santiago de Cuba, el Oriente.
Hemos tenido la enorme suerte de ser invitados en una casa santiaguera, siendo Santiago una de esas sociedades que hacen de la hospitalidad cuestión de honor, y siendo mi mujer una hija pródiga, emigrante retornada a una familia desconocida tras muchos, todos los años. La invitación ha sido proporcionada a ambas circunstancias.
La antigua casa burguesa, de dos plantas en una calle con casas de planta única, anuncia pasadas glorias. El estado de la fachada anuncia la decadencia sufrida por esta sociedad, corroborada por la partición de la finca, de la que la familia originalmente propietaria conserva solo el piso alto, mientras que el bajo está fragmentado en microviviendas que forman el típico “solar” cubano. Pasada esta impresión de decrepitud, la casa por dentro, por contraste, resulta incluso acomodada, aprovechando una tipología especialmente agradable que merece comentario arquitectónico aparte. No olvidemos que nos encontramos en la Cuba de la inacabada agonía castrista, lo que significa una inmensa pobreza asfixiando a su población, y por tanto, la casa presenta todas las carencias que se pueden esperar, aunque dentro de unos límites que aquí se podrían identificar como de “dignidad razonable”.
La hospitalidad, como queda dicho, es profunda y extensa, exquisita. No falta de nada, con abundancia y detallismo, aunque algo dice que se ha conseguido “resolviendo” para la ocasión, y aportando todos los restos del naufragio. No hay agua corriente en el baño pero sí tenedores de aperitivos de plata, seguramente decimonónicos.
La compañía es deliciosa y la cerveza abundante. La comida sencillamente espectacular. Un “puelco” empalado y asado en las brasas (hace tiempo que dejó de ser cochinillo), un congrí perfecto, buñuelos de malanga*, ensaladas, plátano macho, una indescriptible buena fruta, especie de mamey (mango) dulce como un pastel, llamada zapote** y un nada desdeñable helado natural de coco. El café, cubano.
* Tubérculo primo del boniato.
** Mamey colorao en Habana
Pero de todo, lo mejor es la mezcla de sabiduría y sorna tan cubanas. El insuperable análisis social y político construido a base de paciencia y guasa. Papito, el patriarca, sostiene que aquí le preguntas de sopetón a cualquiera que esté parado en una esquina, de qué vive y se lleva un susto al comprobar que así, de pronto, no lo sabe. Pero lleva 100 pesos en el bolsillo. La afirmación ante cualquier desastre local es que “este es el país de la ziguaraya”, nombre de fruta venenosa, que no he acabado de comprender porqué bautiza así al desbarajuste. O el magnífico dicho cubano, que resume demoledoramente la situación: “nosotros fingimos que trabajamos y ellos fingen que nos pagan”.
Lo cierto es que la combinación entre la natural desgana tropical y la desmotivación socialista ha conseguido desactivar hasta el último resorte la capacidad generadora de este pueblo, que se limita a “resolver” y sobrevivir, refugiado, cuando puede, en algunos placeres esenciales.
Pues en este mundo de desdicha y escasez, la hospitalidad es mucho más apabullante, la generosidad rotunda.
[Aún así, insisto en que esta es una familia que por uno u otro medio, mantiene un nivel de acceso a bienes elementales por encima de la media. En más de una ocasión he vivido una forma primitiva de hospitalidad en la necesidad (también en Sahara), en la que el anfitrión te invita a comer o tomar café mientras observa, sin tomar nada. Es la hospitalidad primaria en una sociedad de subsistencia, seguramente la de nuestros ancestros: el anfitrión se priva de su ración para ofrecerla al huésped. En los parámetros actuales de la sociedad occidental, con una cortesía formada en la abundancia y la ostentación, es una situación incómoda, pero hay que saber agradecerlo con profundidad y una dignidad pareja a la del anfitrión.]


uno de los tics más irritantes de la postmodernidad líquida es el desprecio al turismo, que todos hemos ejercitado más o menos displicentemente ante alguna bulla de sonrosados sajones en pantalón corto o disciplinados orientales buscando el banderín amarillo. mea culpa. el grado supino de papanatismo en esta especialidad es la distinción entre "turista" y "viajero", ante la cual, casualmente, el que la cita siempre se autoproclama "viajero", mientras en su fuero interno jura por enésima vez tirar el macuto de travelplan que conserva en el altillo.
podemos citar a bowles cuando sentenciaba que "sólo es viajero aquél que no sabe si un día volverá". y yo no conozco a nadie que haya quemado las naves, entre otras cosas porque hoy en día son de iberia y te meten un paquete por terrorismo.
dicho todo lo cual, es cierto que la turistización de un lugar (coño, qué porquería de palabro) lo aniquila, le roba el alma, lo deja inservible. y no es una cuestión personal, adolescente, de "yo no soy como ellos". no, es una cuestión estructural, industrial; un proceso de mercadotecnia que ha derivado en una máscara que el lugar ha construido sobre si mismo para su consumo por la avalancha de turistas programados. esa máscara tiene algo de caricatura, de exageración y simplificación simultáneas de los rasgos locales, para su fácil apreciación por parte del turista poco atento, quizá poco sensible, probablemente poco preparado y con seguridad muy apresurado. es, en definitiva, un parque temático del propio lugar superpuesto al original, eliminando todas esas cosas enojosas y aburridas que tiene la realidad y, desde luego, evitando que el buen turista tenga que relacionarse con ella. en ocasiones la máscara usa de los elementos físicos de la realidad, los monumentos, los paisajes, y los entreteje con la ficción generada o recreada, como en un robocop de ciencia ficción; en otras ocasiones, el destino turístico original fue depauperado hace mucho y todo lo que percibimos es ya pura escenografía.
en cualquier caso, lo que percibimos, a poco que nuestra atención, sensibilidad o simplemente disponibilidad de tiempo nos lo permita, es deplorable: un armatoste sin alma que, en el peor de los casos (la alambra), usa el cadáver del lugar original, en un macabro comercio necrófilo, asesinado por los mercaderes. ése es el problema con el turismo, la banalización de la belleza, la divulgación de lo sublime (este propósito le parecerá magnífico a más de un imbécil, seguramente consejero de turismo o algo en algún taifa, pero un mínimo repaso etimológico evidencia la contradicción intrínseca, biológica, que impide la coexistencia de lo sublime y la divulgación, donde aquello suele morir en presencia de ésta).
los procesos que llevan a la transformación de los lugares son complejos, paulatinos y seguramente inconscientes en muchas de sus fases, pero el resultado es reconocible por todos.
yo soy turista, un simple turista, pero en la medida en la que me concedo tiempo para contemplar y pensar en lo que he visto, procuro informarme y me gusta relacionarme con los locales, conocer su circunstancia y sus porqués, la superestructura turística me resulta agotadora, impenetrable, inservible. qué más quisiera yo que recrearme y conocer la esencia de la alambra (de nuevo), piazza san marco, el templo de tiem-piè, las cataratas de niagara, chichén itzá o una playa de bali, pero es que no me dejan, los han aniquilado, no existen y además, con mala suerte, me empujan, circule por favor, que ya venden postales a la salida. así que los que pretendemos viajar despiertos tenemos que conformarnos con sitios inferiores, seguramente menos bellos que aquéllos que el turismo fagocitó. a cambio nos relacionamos con seres y lugares vivos, sin impostura. a cambio podemos relacionarnos y enriquecernos, buscar ese raro fruto que es aprender genuinamente de lo realmente distinto.
Lo que más me ha llamado la atención en conjunto ha sido precisamente la sólida continuidad tipológica del extensísimo y ya mencionado barrio Plateau Mont Royal, “Le Plateau”, la meseta. Una retícula residencial de tres alturas, arbolada sin fisuras y con avenidas comerciales. La tipología que lo constituye en al menos un 80% es su típica casa, como en la que vivimos. Una casa entre medianeras con jardín trasero, en la que cada planta es una vivienda; la singularidad está en el acceso, el de la planta baja es directa y el de las altas es a través de una escalera en fachada que produce un porche en dos alturas adosado a una fachada retranqueada de la acera el espacio necesario para permitir ese sistema de acceso y relación con el exterior. La repetición del modelo, con multitud de variantes y singularizaciónes, produce unas calles singulares y muy vibrantes, además de un filtro singular entre lo público y lo privado. Habría que investigar el origen de ese modelo singular, que le otorga una gran independencia a cada una de las viviendas pese a ser un modelo plurifamiliar.